La ropa se le pegaba al cuerpo y sentía su piel impregnada de un sudor pegajoso y caliente. No debería hacer calor en las noches sin luna, debería haber un decreto ley que lo prohibiera específicamente: si la noche no es lo suficientemente bella, no está permitido pasarlo mal.
Las noches con luna llena son distintas, claro. A esas estaba dispuesta a darles una tregua, a concederles lluvia torrencial, terremotos, olas de calor con viento de poniente. Era asomarse al balcón, ver la luna, redonda, y pasarse todos los males.
Y es que la luna era como el espejo en el que se miraba y veía reflejada toda la Tierra. Cuando quería saber algo, si todo iba bien, la miraba y le devolvía la imagen. Allí estaba, y si entrecerraba los ojos para ver mejor de lejos, conseguía distinguir cada detalle: su unicornio pacía tranquilo, sin prisas, ajeno a sus ojos inquisitivos. Esa imagen le bastaba por esa noche, pero una vez finalizado, vuelta a empezar. Noches de verano, tropicales, llenas tan solo de calor y mosquitos.
El amanecer le sorprendía aún despierto, buscando la luna aún a sabiendas de que no iba a cambiar su ciclo por él. Si tenía suerte y estaba en la playa, celebraba la llegada del sol con un baño, desnudo. Baño de sal y agua furiosa que le quitaba de la piel el calor y la tristeza. En el sol no podía reflejarse nada, le era imposible mirarlo de frente. Quizá le devolviera una imagen más clara, pero a costa de perder la vista para siempre. Tal vez, algún día, decidiera que valía la pena, y sacrificaría todas las noches de luna llena por unos instantes de claridad.
Pero no había llegado ese día, y tal vez nunca lo haría. Lo miró de reojo, maldijo, recogió sus cosas y volvió, a su vida cotidiana, como cada amanecer. Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.
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Me apetecía escribir, y ha salido esto.
Ahí lo dejo
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