viernes, 16 de febrero de 2018

En el camino

Hace algún tiempo odiaba febrero. Digamos que ya no lo odio, se ha ido convirtiendo simplemente en una especie de mes anodino donde días malos se juntan con días buenos, y unas cosas anulan otras. Por ejemplo, el 9 de febrero es el aniversario del fallecimiento de mi abuela. Pero el 12 es el cumpleaños de Teresita. En fin. Así es la vida, llena de recuerdos. 

Pero venía a hablar de un buen momento. Y es que ayer salí por primera vez a la carretera, yo sola. Dirección Onda, donde estuve una hora y me volví. Lo cual me hace pensar que últimamente he ido bastante a Onda, unas cinco/seis veces, y aún no soy consciente de su castillo. No es que no lo haya visitado, al fin y al cabo no voy a hacer turismo, es que no lo he visto. Lo he ignorado en todos mis viajes. Y eso que es un pedazo de castillo, pero yo voy a lo que voy.

¿Y por qué, de repente, carretera y manta? Bueno, en primer lugar, porque había que ir y solo podía ir yo. Y en segundo lugar, porque tengo que ir practicando. En abril tengo que recoger a mi escritor juvenil favorito de la estación de tren de Castellón y llevarlo a la feria del libro de La Vall. Cosas veredes. Mi yo adolescente salta de alegría cada vez que lo piensa, y mi yo adulto piensa: "No lo mates".

Pero bueno, decía que me fui sola. No es del todo exacto. Iba con el cubo de compañía.