Hace algún tiempo odiaba febrero. Digamos que ya no lo odio, se ha ido convirtiendo simplemente en una especie de mes anodino donde días malos se juntan con días buenos, y unas cosas anulan otras. Por ejemplo, el 9 de febrero es el aniversario del fallecimiento de mi abuela. Pero el 12 es el cumpleaños de Teresita. En fin. Así es la vida, llena de recuerdos.
Pero venía a hablar de un buen momento. Y es que ayer salí por primera vez a la carretera, yo sola. Dirección Onda, donde estuve una hora y me volví. Lo cual me hace pensar que últimamente he ido bastante a Onda, unas cinco/seis veces, y aún no soy consciente de su castillo. No es que no lo haya visitado, al fin y al cabo no voy a hacer turismo, es que no lo he visto. Lo he ignorado en todos mis viajes. Y eso que es un pedazo de castillo, pero yo voy a lo que voy.
¿Y por qué, de repente, carretera y manta? Bueno, en primer lugar, porque había que ir y solo podía ir yo. Y en segundo lugar, porque tengo que ir practicando. En abril tengo que recoger a mi escritor juvenil favorito de la estación de tren de Castellón y llevarlo a la feria del libro de La Vall. Cosas veredes. Mi yo adolescente salta de alegría cada vez que lo piensa, y mi yo adulto piensa: "No lo mates".
Pero bueno, decía que me fui sola. No es del todo exacto. Iba con el cubo de compañía.