Voy a contar esta historia tal cual me la relató mi abuelo, con sus inexactitudes. Porque además es una historia que involucra a mi bisabuelo, con lo cual no podéis exigirme mucho rigor.
He buscado algo de información sobre lo que se relata en ella y no la he encontrado, lo que me hace pensar que el nombre del protagonista es erróneo y seguramente nunca sepamos cuál fue realmente. Pero es mi abuelo, y en una noche como la de hoy, se merece que una de las batallitas que me ha contado un millón de veces tengan su huequito en este rincón inmortal de la web.
Mi bisabuelo, Faustino Tamarit padre (llamémosle así) era camionero de la fábrica de harinas cuando estalló la guerra civil. Almansa estuvo hasta casi el final en el bando republicano, así que lo que ocurrió fue lo siguiente: el patrón de la fábrica huyó a Valencia y los obreros se hicieron con el control y colectivizaron la producción. No les fue mal. Y mi bisabuelo siguió llevando su camión.
Con la escasez de recursos y comunicaciones de aquella época, tener un camión era muy útil. Mi bisabuelo ayudó a mucha gente. De cualquiera de los dos bandos: si alguien honrado estaba en peligro y podía ayudarle, lo hacía. Llevaba fugitivos de un lado a otro y, si preguntaban, lo negaba todo. Y nunca tuvo ningún problema. Quizá porque era un hombre del que cualquier podía depender, llegado el caso.
Uno de estos fue Gil Salcedo quien, según mi abuelo, era ministro, o algo así, algún cargo importante, de la República. Gil Salcedo tenía que llegar hasta Alicante para poder emigrar, pero no tenía medios, así que contactó con mi abuelo para que lo sacara a escondidas y le llevara. Así lo hizo. Y cuando llegaron al puerto de Alicante, Gil Salcedo compró una botella de anís, muy ornamentada, y le dijo a mi bisabuelo que la guardara, pues cuando volviera, se la iban a beber los dos juntos. Él volvió a Almansa y guardó la botella.
Pasados unos años, ya acabada la guerra, oyeron en el pueblo que Gil Salcedo estaba escondido allí, con otro nombre y disfrazado para pasar desapercibido. Faustino padre acudió a quien sabía que le escondía y le dijo que fueran a su casa, que tenía el anís guardado y quería que se lo bebieran. Pero Gil Salcedo nunca apareció.
Pasó aún más tiempo, y mi bisabuelo falleció ya muy mayor. Había llegado y pasado ya la transición, y en Almansa gobernaba un alcalde del PSOE, Antonio Callado. Mi abuelo, Faustino hijo, oyó que Gil Salcedo, ya muy mayor, estaba en el pueblo. Había organizado una exposición de sus pinturas, y allí estaba el alcalde y más cargos para homenajearlo. Y mis abuelos allá que se fueron.
Pero no a buenas, no. Porque mi abuelo, para que vamos a engañarnos, nunca se ha caracterizado por su delicadeza. Mi abuelo iba dispuesto a decirle al hombre cuatro cosas bien dichas, que a ver por qué no había ido a ver a mi bisabuelo, que se había muerto sin beberse con él el anís después de haberle salvado la vida. El caso es que mis abuelos llegaron a la Casa de la Cultura y vieron a Gil Salcedo, muy mayor, frágil, siendo llevado en silla de ruedas. Y se encaminaron hacia él y le dijo que era Faustino.
Y mi abuelo cree que, confundido por su avanzada edad y el gran parecido físico entre padre e hijo, Gil Salcedo pensó que al que tenía delante era a Faustino padre, y le agarró de la mano y sus ojos le brillaron como emocionado. Pero en ese mismo momento apareció el alcalde quien, con muchos aspavientos, pasó a saludar al homenajeado y se lo llevó a otra parte. Y mis abuelos se marcharon de allí, sin haber hablado con Gil Salcedo. Fue la última vez que le vieron.
En cuanto a la botella de anís, no se acuerda. Durante muchos años la vio allí en casa de su padre, hasta que al final, cree, se la bebieron entre todos.
Nota: tras buscar un buen rato y probar distintas combinaciones y fechas, he pensado que quizá a la persona a la que mi abuelo se refiere en su historia es Ovidio Salcedo (más info aquí), quien cuadra por fechas, exilio y afición a la pintura. Pero solo son especulaciones.