jueves, 27 de abril de 2017

A wandering star



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Recuerdo cuando vi esta película. Estaba en casa de mi madre, la del salón diminuto y la distribución rara. La que colapsamos durante la Feria. La casa provisional de la huida. Creo que era uno de los veranos en los que trabajaba en la Casa de la Solidaridad.
Un compañero de trabajo se la había recomendado y le había dado el DVD, diciéndole que era su película favorita y la tenía que ver. 

Y la vimos. Yo reconocí el título de "Los Simpson". Mi madre se durmió. Y la voz rota de Lee Marvin me llegó profundamente. 
Incluso escribí un texto sobre ella. Estará por ahí.

Después de aquella noche no la he vuelto a ver. Es curioso. No sé por qué. 
Pero recuerdo aquel momento especial.

De vez en cuando vuelvo a escucharla.




viernes, 21 de abril de 2017

Under pressure


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Turned away from it all like a blind man
Sat on a fence but it don't work
Keep coming up with love
But it's so slashed and torn
Why, why, why?

Insanity laughs, under pressure we're breaking
Can't we give ourselves one more chance
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Quizá sea hora de gritar...

Release the pressure!

lunes, 10 de abril de 2017

La playa



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Then I wake it's kaleidoscopic mind

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Había pasado exactamente cuatro meses, tres días, cuarenta y ocho minutos y - en ese instante - dieciséis segundos desde el naufragio. Lo que iba a ser un viaje hacia unas vacaciones de ensueño por el océano Índico había acabado con él en una isla desierta. Isla por decir algo, porque en realidad era un terruño de apenas cuatro kilómetros cuadrados en cuyo censo se contaban tres cocoteros, un par de arbustos de bayas rojas y un número incontable de insectos. 

Y él, claro. Cuando llegó había cinco cocoteros pero tuvo que hacerse un refugio y un palo para pescar. Sabía que eso tenía un nombre, pero de no hablar con nadie se le estaban empezando a olvidar los nombres de las cosas. Había empezado a simplificar el lenguaje. ¿Para qué complicarse? Él pensaba: "palo de pescar", y en seguida sabía a qué se refería. No es que tuviera que explicárselo a nadie o algo así. 

No siempre había sido así, claro. Llegó a la isla subido sobre un arcón de botellas de vino Cabernet-Sauvignon que iba con él en el barco. Lo cual, pensó, era una suerte. Pues no es tan común como pudiera parecer que un náufrago encuentre una botella para mandar un mensaje, y él contaba con una buena provisión. Mejor todavía era que, al poco de llegar, un cajón lleno de papel de carta y bolígrafos BIC había acabado varado en la playa. No podía creer en su suerte. La primera semana la dedicó a beberse el vino y escribir cartas (cada una con peor letra que la anterior) hablando de su naufragio y de dónde creía que se encontraba. Luego se cansó y dejó el resto del cargamento para luego. Pensó que debía reservar el vino, pues no sabía cuánto podría estar allí ni si podría hacer vino con las bayas rojas del arbusto. Que, ahora que lo pensaba, bien podían ser uvas. Ya no lo recordaba.

Aún así, cada semana abría una botella, la acababa hasta la última gota y cuando estaba bien seca escribía una carta cada vez más parca en palabras. En la que ya no hablaba de cómo encontrar la isla o del naufragio, sino de él mismo, de estar allí, de lo que significaba. Misivas cortas, recurrentes, de las que nunca esperó respuesta.

Pero una mañana llegó una botella a la playa. La miró con curiosidad, observó a través del ambarino cristal y descubrió un papel enrollado en su interior. Una respuesta, al fin. Pero, por desgracia, no era de un equipo de rescate, o de tierra firme. El que escribía era otro náufrago, como él. 
"Casi mejor - pensó - pues nadie más podrá entenderme como lo hará otro en mi misma situación". Y sin perder un momento se puso a contestarle, pues sabía lo que era lanzar un mensaje y que no llegara nunca una respuesta.

Tan inmerso en su tarea de juntar letras para formar palabras estaba, que no se dio cuenta de que la botella olía a Cabernet-Sauvignon, ni que el papel de carta era de la calidad más fina, ni de que estaba escrita con un BIC cristal. Un observador menos optimista pensaría que, sin duda, el pobre náufrago no hacía sino contestarse a sí mismo. 

Pero yo prefiero pensar que el barco llevaba un gran cargamento de vino, papel y bolis, y los arcones fueron varándose en diferentes playas de distintas islas antaño desiertas, allí donde eran necesarios. 

miércoles, 5 de abril de 2017

Estado de eterna sorpresa

Las primeras palabras que leen aquellos que tratan de alcanzar la iluminación en los valles secretos cercanos al eje del mundo donde resuenan los gongs y merodean los yetis, las encuentran al ojear La vida de Wen el Eternamente Sorprendido.

Lo primero que preguntan es: «¿Por qué estaba eternamente sorprendido?».
Y la respuesta que reciben es: «Wen reflexionó sobre la naturaleza del tiempo y entendió que el universo se recrea de nuevo, instante tras instante. Por tanto, comprendió que en verdad no existe el pasado, únicamente un recuerdo del pasado. Cuando se parpadea, el mundo que se ve al abrir los ojos no existía al cerrarlos. Por tanto, dijo él, el único estado apropiado en la mente es la sorpresa. El único estado apropiado en el corazón es el gozo. El cielo que estás viendo ahora nunca lo habías visto antes. El momento perfecto es ahora. Alégrate de ello».


Ladrón del tiempo

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Creo que ya puse esta cita de Terry Pratchett por ahí pero es buen momento para recordarla. El recuerdo del pasado no existe y es relativo, a la vez que parece que hace muy poco tiempo de eventos lejanos en el tiempo, pienso en todo lo que ha pasado desde entonces y me abruma.

Este párrafo me recuerda mucho al pobre pescador de la costa suiza, ese al que no dejaban vivir a su manera. El que cada día lanzaba sus ganancias al mar y volvía a empezar desde cero. Él comprendió perfectamente las palabras de Wen, el problema está en que los otros no las entendían. Siempre está esa dicotomía, entre nosotros, los que poseemos la verdad de las cosas, y los otros, los que no las entienden y no nos dejan ser felices. A veces este equilibrio se rompe, creemos que tienen razón. A veces nosotros mismos somos parte de los otros, cuesta entender en qué bando estamos, y si somos de los nuestros.
Por otro lado, tendemos a pensar que si pudiéramos cambiar el pasado las cosas serían diferentes ahora, serían mejores. Pero el caso es que no lo sabemos, tal vez de haber tomado otras decisiones ni siquiera existiríamos. Tal vez si no hubiera decidido venirme a vivir aquí hace ya casi doce años, un autobús me hubiera atropellado en Albacete y c'est fini.

Entonces toca recordar las palabras de Wen, recordar que pase lo que pase el único momento que existe es el ahora, y que es lo único que vale la pena. Existir, sorprenderse con las alegrías del día a día y, como decía Voltaire, cuidar del jardín.

Bueno, como esta última frase ha quedado lapidaria (y un poco pedante, lo reconozco), hasta aquí el post de hoy.