lunes, 10 de abril de 2017

La playa



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Then I wake it's kaleidoscopic mind

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Había pasado exactamente cuatro meses, tres días, cuarenta y ocho minutos y - en ese instante - dieciséis segundos desde el naufragio. Lo que iba a ser un viaje hacia unas vacaciones de ensueño por el océano Índico había acabado con él en una isla desierta. Isla por decir algo, porque en realidad era un terruño de apenas cuatro kilómetros cuadrados en cuyo censo se contaban tres cocoteros, un par de arbustos de bayas rojas y un número incontable de insectos. 

Y él, claro. Cuando llegó había cinco cocoteros pero tuvo que hacerse un refugio y un palo para pescar. Sabía que eso tenía un nombre, pero de no hablar con nadie se le estaban empezando a olvidar los nombres de las cosas. Había empezado a simplificar el lenguaje. ¿Para qué complicarse? Él pensaba: "palo de pescar", y en seguida sabía a qué se refería. No es que tuviera que explicárselo a nadie o algo así. 

No siempre había sido así, claro. Llegó a la isla subido sobre un arcón de botellas de vino Cabernet-Sauvignon que iba con él en el barco. Lo cual, pensó, era una suerte. Pues no es tan común como pudiera parecer que un náufrago encuentre una botella para mandar un mensaje, y él contaba con una buena provisión. Mejor todavía era que, al poco de llegar, un cajón lleno de papel de carta y bolígrafos BIC había acabado varado en la playa. No podía creer en su suerte. La primera semana la dedicó a beberse el vino y escribir cartas (cada una con peor letra que la anterior) hablando de su naufragio y de dónde creía que se encontraba. Luego se cansó y dejó el resto del cargamento para luego. Pensó que debía reservar el vino, pues no sabía cuánto podría estar allí ni si podría hacer vino con las bayas rojas del arbusto. Que, ahora que lo pensaba, bien podían ser uvas. Ya no lo recordaba.

Aún así, cada semana abría una botella, la acababa hasta la última gota y cuando estaba bien seca escribía una carta cada vez más parca en palabras. En la que ya no hablaba de cómo encontrar la isla o del naufragio, sino de él mismo, de estar allí, de lo que significaba. Misivas cortas, recurrentes, de las que nunca esperó respuesta.

Pero una mañana llegó una botella a la playa. La miró con curiosidad, observó a través del ambarino cristal y descubrió un papel enrollado en su interior. Una respuesta, al fin. Pero, por desgracia, no era de un equipo de rescate, o de tierra firme. El que escribía era otro náufrago, como él. 
"Casi mejor - pensó - pues nadie más podrá entenderme como lo hará otro en mi misma situación". Y sin perder un momento se puso a contestarle, pues sabía lo que era lanzar un mensaje y que no llegara nunca una respuesta.

Tan inmerso en su tarea de juntar letras para formar palabras estaba, que no se dio cuenta de que la botella olía a Cabernet-Sauvignon, ni que el papel de carta era de la calidad más fina, ni de que estaba escrita con un BIC cristal. Un observador menos optimista pensaría que, sin duda, el pobre náufrago no hacía sino contestarse a sí mismo. 

Pero yo prefiero pensar que el barco llevaba un gran cargamento de vino, papel y bolis, y los arcones fueron varándose en diferentes playas de distintas islas antaño desiertas, allí donde eran necesarios. 

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