martes, 9 de mayo de 2017

Cuentos para muchos y cuentos para una



Pero también las casas eran diferentes a todas las que Momo había visto siempre. Eran de un blanco casi cegador. Detrás de las ventanas había sombras negras, de modo que no podía ver si vivía alguien en ellas. Pero por alguna razón, a Momo le parecía que esas casas no habían sido hechas para que alguien las habitara, sino para servir a algún otro objetivo misterioso.  
Las calles estaban completamente desiertas, no sólo de personas, sino también de perros, pájaros y coches. Todo estaba inmóvil y parecía como si estuviese rodeado de un cristal. No se notaba el menor soplo de aire.

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Hace cosa de quince años (o tal vez más) construyeron ese barrio en Almansa. Un barrio exterior, todo de chalés adosados, al final del pueblo. Entre que estaba lejos y tal apenas se mudó gente al principio. En cuanto lo vi supe que era el barrio por el que Momo pasaba antes de llegar a casa del Maestro Segundo Minuto Hora. El barrio de casas blancas donde no vivía nadie. Solo faltaba la escultura en formad de huevo.
Hoy, algunas casas han sido pintadas y ya vive gente. Pero sigue siendo un barrio tranquilo, exterior, alejado. Desierto de personas, perros, pájaros y coches.
Pensé en este barrio después de la foto que hice de las esfinges en Valencia. En todos los rincones de los sitios a los que he ido que parecen sacados del mundo de Ende. En esos sitios mágicos que solo yo conozco, entiendo y comparto.

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